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martes, 8 de febrero de 2011

VELORIO EN LA HABANA VIEJA


Simón Prieto murió a los 100 años. Después de una larga noche de eructos, su alma se elevó ingrávida en medio de la sofoquina de un agosto habanero. Sus descendientes -7 hijos, 15 nietos y 22 biznietos – entre sollozos y suspiros, se aprestaron a darle el último adiós a los restos mortales del entrañable patriarca. Pero hay sitios en este mundo donde eso puede ser complicado, incomprensible y misterioso...


El primer tropiezo fue la funeraria. Por esas cosas de la vida - o más bien de la muerte – y de la planificación socialista, la funeraria que le “tocaba” a Simón estaba llena hasta los topes. Tenía que esperar dos días en una gaveta refrigerada. La familia decidió entonces velarlo en el apartamento de su hija Gertrudis. En primer lugar por cuestiones logísticas - Gertrudis era la única que tenía “barbacoa” y, por lo tanto, contaba con más espacio para los parientes y amigos que vinieran a rendirle tributo – y en segundo, por cuestiones simplemente humanitarias. ¡Coño, le zumbaba que el viejo tuviera que seguir haciendo cola hasta después de muerto!


Los vecinos del edificio prestaron todas sus sillas y banquetas. La tía Amelita fue a ver a Colorao Castillo, su amante bodeguero, para comprar café en la bolsa negra. Pancha y Eulalia, las hijas jimaguas del finado, consiguieron una camioneta del plan porcino para ir a buscar a los familiares que vivían en Guanajay. Yusimí y Yinaidita, las dos biznietas mayores de Simón, salieron a jinetear flores a como diera lugar. Casi todo estaba previsto. Solo faltaba traer al muerto.

La tarea de amortajar y trasladar el cadáver se la dieron a Yasinfrenis, la nieta menor. La joven partió para el hospital con una jaba de nailon donde llevaba una guayabera, un pantalón, un par de medias y la dentadura de Simón. En cuanto llegó a la habitación procedió a vestirlo con diligencia. Enseguida comprobó que la guayabera era de cuando su bisabuelo pesaba 180 libras más. Cerrada hasta el último botón se le salía todo el pecho y la mitad de la barriga. Los pantalones otro tanto, para que le asomaran los pies tenía que subírselos hasta los sobacos. Incluso las medias le quedaban grandes y la dentadura ni se diga. ¡Qué manera de achicarse el viejo! Yasinfrenis, sin muchas opciones a mano, tomó una decisión: con unos dolaritos que tenía escondidos en el ajustador, fue hasta la Diplotienda más cercana y logró que el Attaché de la embajada del Congo le comprara una mudita al viejo. Era lo menos que podía hacer por el pobre Simón.


Su escaso presupuesto solo alcanzó para un mono deportivo amarillo, rojo, azul y verde. Así, bien abrigadito y multicolor, y con la dentadura a duras penas dentro de la boca, arrastraron a Simón por los pasillos del hospital en una camilla sin ruedas. El ruido era infernal. Iba chirriando, sacando chispas del suelo y “erizándole” los dientes hasta al mismísimo diablo.


Finalmente, lo subieron a una ambulancia. El chofer, un joven de apenas 21 años, le pidió a Yasinfrenis que se montara atrás con el occiso porque el asiento del copiloto se lo habían robado desde hacía varios meses. Salió a toda velocidad en cuanto Yasinfrenis cerró la puerta trasera. En la primera curva, Simón Prieto voló de la camilla y se abalanzó sobre su sorprendida nieta. El resto del camino fue un cuerpo a cuerpo agotador. Cuando por último, la ambulancia estacionó frente a la funeraria y abrieron la puerta de atrás, se encontraron a Yasinfrenis despelucada y a punto de un ataque de histeria. Simón estaba en el piso, sin dentadura y con una de las medias metida en la boca.


El trámite de colocarlo en un sarcófago y subirlo a un carro funerario fue rápido. El viaje hasta la Habana Vieja fue más lento, lleno de sobresaltos y explosiones: el motor del carro fúnebre tenía un fallo de bujía. Nada, que al pobre Simón lo estaban despidiendo de este mundo a “bombo y platillo”.

La subida al quinto piso, donde estaba el apartamento de Gertrudis, fue relativamente sencilla. La estrechez de la escalera no permitía maniobrar con la caja. No podían ascender con ella ni tan siquiera en posición vertical. Pero todo se resolvió con la soga y la rondana de cargar las latas de agua: lo subieron por el balcón.


Yusimí y Yinaidita rindieron una fructífera jornada. Con unos turistas italianos consiguieron flores de varios tipos con las que hicieron dos arreglos decorosos. Como ñapa, trajeron dos cajas de cigarros y un desodorante. Amelita, además de comprar café, se agenció cuatro velones. Eso, más el crucifijo de plata que había traído Simón de su natal Canarias, remataron la ambientación y le dieron un toque de solemnidad a la salita. !Qué no “inventa” un cubano por su familia o por un amigo...!


Los dolientes fueron llegando en oleadas. Se iban acomodando donde podían. Al principio se persignaban – entre compungidos y asombrados – ante el deportivo aspecto de Simón – y hablaban en murmullo. Después de la segunda taza de café, la gente iba subiendo el tono. Al filo de las 7 de la noche el griterío y las risotadas estremecían el piso y sacaban los clavos de la pared. A las ocho se hicieron las sombras. Era el apagón programado. El calor se elevó casi a punto de ebullición. Una vez afinadas las pupilas al cambio de iluminación, la rumbantela siguió con más ánimo a la luz de las cuatro velas. Sin embargo, aquel jolgorio enmudeció de golpe justo a las nueve. Fue a causa del grito de Gertrudis.

-¡Papaíto está vivo! ¡Mírenlo, está sudando!


Todos se quedaron petrificados. Nadie se atrevía ni a mover los ojos. ¿Sería un caso de catalepsia? ¿Un efecto secundario de la pasta cárnica y el picadillo de soya? ¿O sería aquel puñetero mono de jersey en medio de tanta canícula lo que había hecho regresar a Simón del más allá? Por si acaso, y para no desperdiciarlo, Amelita dejó de hacer café. Gertrudis perdió el tino. Cargó a su padre en brazos, lo sacó del féretro y empezó a zarandearlo con todas sus fuerzas para que abriera los ojos. El momento era de máxima tensión. En ese instante llegó al velorio Peligroso Noboa, el hijo de Chocha Rosario, una de las brujeras más célebres del barrio de Jesús del Monte.


Según decían, Peligroso había heredado los poderes de su madre. Se acercó a Gertrudis y le dijo algo al oído que la tranquilizó. Luego agarró al difunto, lo colocó de nuevo dentro de la caja y lo santiguó tres veces. Por último, le espetó un largo y espeso humazo de tabaco de pies a cabeza. Una vez terminado el ceremonial, se dirigió a los presentes con su voz grave y aguardentosa:


-No se preocupen. El viejo no está vivo ná. Sudó un poco porque se embojotó con la oscuridad y la bulla, pero ya la materia de Simón está lista pal viaje. ¡Siá, cará!


La gente fue reponiéndose poco a poco del susto. A la media hora, el escándalo se había restablecido totalmente y se mantuvo animadísimo a lo largo de toda la madrugada hasta el amanecer.


El entierro estaba pautado para las diez de la mañana. A las diez menos cuarto se crisparon los ánimos. Hijos, nietos y biznietos se prendieron del ataúd con los consabidos gritos de: “¡No se lo lleven!” “¡Qué no se lo lleven!” Todo buen cubano sabe que esos son los gritos de rigor para tal ocasión.


A las diez y media, los familiares, entre grito y grito, intercalaban furtivas miradas hacia la puerta por donde debía entrar el chofer del carro fúnebre que llevaría a Simón para el cementerio. A las once, Gertrudis llamó a Servicios Comunales. Le dijeron que había una pequeña demora: la gasolina de la carroza fúnebre no había llegado al punto. A las doce del día la tía Amelita les comunicó oficialmente a los presentes que se había acabado el café. A la una menos cuarto Anselmo, el hijo mayor de Simón, se desmayó. Pancha y Eulalia le trajeron un vaso de agua con azúcar y lograron revivirlo. A las tres de la tarde, Gertrudis se hincó de rodillas en medio de la sala y volvió a dar un grito de espanto.


-¡Cuándo se lo van a llevar, coñoooo! ¡Ya no podemos más! ¡Nos va a matar a todos!

A las cuatro llegó el carro fúnebre. Los pocos parientes y amigos que quedaban yacían desmadejados por las esquinas. Se pusieron de pie a duras penas, bajaron a Simón con la rondana por el balcón y se les heló la sangre con lo que vieron frente al edificio: por la puerta trasera del carro, abierta de par en par, se veían cuatro ataúdes estibados de dos en dos dentro del carro. ¡No había espacio ni para un alfiler! Anselmo, con un hilo de voz, articuló la pregunta que todos se hicieron en silencio:

-¿Dónde va a ir el viejo?


-Tranquilo, puro. Sin mareo. Mira, aquí tengo una soga. Voy a amarrarlo en el techo.


Anselmo se rajó en llanto. Gertrudis cayó hacia atrás y empezó a convulsionar. Pancha y Eulalia trataron de sujetarla y destrabarle la lengua para que no se ahogara. Amelita brincó sobre el chofer y le dio con el termo de café en la cabeza. Yasinfrenis empezó a pasar un muerto. Vecinos y curiosos gesticulaban y hablaban todos a la vez. De nuevo, Peligroso Noboa se hizo cargo de la situación.


-¡Silencio, carajo! Simón Prieto tiene que partir. Si los Orishas quieren que sea en el techo del carro de muertos, ellos sabrán por qué quieren ventearlo. ¡Siá, cará!


Todos se aplacaron. Subieron el ataúd sobre el carro y lo aseguraron bien con la soga. Peligroso dio un golpe con los nudillos sobre el techo para indicarle al chofer que la “carga” estaba lista. Detrás de los autos de los otros muertos, se sumó el Chevrolet del 57 pintado de amarillo mostaza donde iban apurruñados los familiares de más edad de Simón. El cortejo lo cerraban los más jóvenes en sus respectivas bicicletas chinas.


El entierro fue expedito. Eran las 6 la tarde y el Cementerio de Colón empezaba a sumirse en las sombras. No pudieron darle sepultura en el panteón familiar. Desde el último ciclón, en el sitio se había hecho un agujero enorme y no había materiales para repararlo. Lo enterraron en el Mausoleo de los Hijos de Galicia, gracias a la gentileza de Paco Santamaría, un descendiente de gallego muy allegado a la familia. Ese fue el final de Simón Prieto, un hombre que nació en Canarias y se fue a Cuba a buscar mejor fortuna. Vivió cien años de trabajo y de gran dedicación familiar. Vio caerse gobiernos y levantarse edificios. Sobrevivió epidemias, huelgas, amantes fogosas y caballos desbocados. Y murió sin chistar, en medio de un tiempo oscuro y muy misterioso que llamaron “Período Especial”.

2 comentarios:

  1. Interesante, jacarandoso, muy de nuestra tierra... me gusta.

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  2. Tragicomico y muy real. Buenisimo Gis!

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