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martes, 1 de marzo de 2011

UNA HABANERA EN CALCUTA


Al fin comienzo a escribirte, querido diario. Sí, ya sé que mi cuerpo arribó a este lugar hace dos días – bien estropeado por cierto – pero solo hoy, después de recuperarme del desmayo y empezar a acostumbrarme a las 10 horas y media de diferencia horario, mi mente logra darle alcance a mi materia.

Te cuento: el primer impacto fue olfativo. Mi nariz entró en otra dimensión al aspirar la picante y desconocida mezcla de especias, bosta de vaca y sándalo que flota perenne sobre la ciudad. Es un olor que no se parece a nada y sin embargo me recuerda algo. Huele a solar de la Habana Vieja y a parábola del Mahabharata.

El segundo encontronazo fue bovino-conductual. Nunca olvidaré la caída de ojos de la vaca que esta mañana se acostó en medio de una de las principales avenidas y permaneció allí, impávida, obstruyendo el tráfico vehicular, hasta que sencillamente le dio la gana de levantarse y marcharse meneando el rabo. Tampoco se borrará de mis recuerdos la paciencia y devoción de todos los calcutenses para con su sagrado animal. Viniendo de una isla llena de urgencias, esta pachocha vial me sabe a marciano.

Hasta las doce del día estuve interpretando una monótona charla sobre mi país donde, como siempre, sobraron las inexactitudes, las mentiras y las barrabasadas de mi jefe, una verdadera “bestia” de la cultura nacional. Luego fuimos a almorzar con los profesores de la Universidad de Jadavpur y el director del Museo Memorial Victoria a un hotel muy bonito que se llama Taj Mahal.

Nos sirvieron “tandoori chicken”, un plato de la culinaria india realmente impresionante. Es rojo como una transfusión de sangre y picante como una explosión de dinamita. A pesar del hambre honda y rotunda que me chillaba en las tripas no pude comer mucho. Al segundo pedazo de aquel pollo incandescente se me durmió la lengua y dejé de sentirme los labios. Traté de beber agua y me la eché por el escote. Había perdido la noción de donde tenía la boca. Preferí mantenerme en silencio hasta el final del almuerzo. Entonces me sobrevino un eructo y me fui corriendo al baño. Quería mirarme al espejo y comprobar que no me había convertido en un lanza-llamas.

En la tarde nos llevaron a visitar el templo Kalighat dedicado a la temida Kali, una diosa hindú considerada la Patrona de Calcuta. Según la leyenda, Kali fue finamente cortada en 51 pedazos que luego fueron lanzados al aire. En cada sitio donde cayera uno de sus mendrugos se debía construir un templo en su honor. Así las cosas, en Calcuta aterrizó uno de los luminosos dedos del pie derecho de Kali. Desde ese momento se le adoró, primero en una choza y luego en el actual templo, una bella edificación donada por una pareja de filántropos.

Llegamos al sitio por una callejuela atestada de vendedores ambulantes y mendigos de toda laya que se nos encimaban con sus bere-beres ininteligibles. No te miento: sentí una triste curiosidad. Me conmovió una señora que amamantaba -con uno de sus pechos flácidos y desinflados - a su desnutrida criatura. Le di una de las tres rupias que me había dado mi jefe. Luego tuvimos que descalzarnos para entrar al templo. Apenas si me di cuenta de nada. Entre el sopor del picante y el cambio de hora, el famoso lugar pasó ante mi vista como el granuloso recuerdo de una borrachera. A pesar de ello, sentí ciertos trallazos de misticismo en algunos de sus rincones.

Volví totalmente en mí al salir por otra puerta y verme en plena calle, sin zapatos y perseguida por una multitud de mancos, tuertos, cojos y desorejados liderados por la señora del niño colgando de la teta. Parece que la señora había pasado la voz sobre mi generosidad y todos me tendían sus manos suplicantes. Era como estar dentro de una película de Carlos Saura. Me dio pena y miedo a la vez. Les tiré las otras dos rupias que me quedaban y eché a correr de nuevo hacia el interior del templo en busca de refugio y de mis chancletas.

Salimos por la entrada principal tras recuperar nuestros respectivos calzados. Estaba atardeciendo y el lugar, enclavado en plena “zona roja”, estaba plagado de obreras del sexo. La población de prostitutas nacionales y extranjeras es increíble en ese lugar. Entonces me explicaron que ese es uno de los distintivos de esa ciudad. El otro es la Madre Teresa de Calcuta. Sí, la India es un país de contrastes.

Regresé al albergue al filo de las 6. Tomé un baño con varias botellas de agua mineral. (Me aconsejaron categóricamente que evitara entrar en contacto con el agua local por ninguna vía). Luego me vestí adecuadamente para el concierto del grupo musical. Me recogieron a las 7 en punto. El tráfico seguía siendo demencial pero al menos de noche las vacas se retiran a dormir.

Llegamos al club. Un indio vestido como un mago, con un turbante carmesí rematado con una gran pluma y con las manos cubiertas por unos pulcros guantes blancos, me abrió la portezuela del auto y me dio la bienvenida. Luego nos pasaron a un saloncito a comer. Esta vez no había anfitriones. Tampoco había carne. Era un club estrictamente vegetariano. Sin saber a ciencia cierta de qué se trataba, me tragué diversas formas de distintos colores a las que traté de no agarrarles el sabor. No obstante, todas las papilas gustativas, la campanilla y el esófago me cogieron candela. Finalmente, me aventuré a probar unas bolitas marrones. Después de varios días encontré un sabor hospitalario: era dulce de leche calcutense. Se llama rasgulla y está hecho con queso, pasta de sémola y almíbar. ¡Increíble! No picaba. Lloré de emoción.

Luego nos hicieron pasar al área de jugar cricket del club. Una explanada gigantesca al aire libre donde había cientos de sillas y bancos repletos de público. A los músicos les prepararon un escenario cubierto por un toldo de lona amarilla. A las 9 en punto, con las tres pataditas de Jorgito, el cantante, arrancó el concierto. La primera pieza fue El manisero, de Moisés Simmons.

La música continuó sin pausa durante 45 minutos llenando de ritmos cubanos el ambiente, desde cha-cha-chás hasta congas orientales. La multitud escuchaba en absoluto silencio y en la más plástica inmovilidad. Los más atrevidos ladeaban levemente la cabeza o pestañeaban con lentitud. Jorgito no entendía nada. No estaba acostumbrado a tanta indiferencia. En un breve receso de 10 minutos me dijo que iba a “romper el hielo”. Iba a interactuar con el público. A él eso nunca le fallaba.

Dicho y hecho, empezó a cantar Castellano, qué bueno baila usted, de Benny Moré y, a los pocos compases, lanzó hacia la multitud una de sus maracas. Jorgito sabía, por experiencias anteriores, que la gente veía venir la maraca, la atrapaba en el aire y se la tiraba de vuelta en medio de aplausos y bravos. Pero esta vez no calculó bien. La maraca voló por el aire. Un indio la vio venir directo hacia él y ni tan siquiera cerró los ojos. Con estoicismo soportó el “maracazo” en plena frente, convencido de que se trataba de su karma. Jorgito, más frustrado que nunca y tocando con una sola maraca, me mandó a rescatar la otra y se abstuvo de seguir “interactuando” por temor a descerebrar a alguien.

La velada terminó a las 11 con una ronda de discretos aplausos. Los músicos, sudados y desmelenados, recogieron sus instrumentos y se fueron como el perro que tumbó la olla. A mí me dejaron hace media hora en este sitio un tanto lúgubre donde duermo. El señor de la entrada me dijo que siempre revisara la cama antes de acostarme para cerciorarme de que no hubiera alguna serpiente debajo de la almohada. Ojalá nunca me lo hubiera dicho.

A mi lado tengo una sombrilla que mi madre, siempre sabia, insistió que incluyera en el equipaje. En cuanto termine de escribir aporrearé la cama. Luego me sentaré en ella con la sombrilla en la mano y permaneceré de guardia toda la noche. Total, los graznidos de los cuervos en la ventana me ponen los nervios de punta y terminan por develarme.

¡Ah!, se me olvidaba. Antes de comenzar el concierto, nos dieron una calurosa bienvenida. Los indios son muy amistosos. El presidente del club nos colocó una linda guirnalda de flores en el cuello a cada uno. La tuve toda la noche encima. Ahora reposa sobre una silla de la habitación. No la boté. A lo mejor mañana le echo sal y me la como. Por lo menos así sabré lo que me estoy tragando. ¿Qué es eso?.... Sentí un ruido. Mañana sigo escribiendo. Ahora tengo que dejar el lápiz y agarrar la sombrilla, por si acaso. Luego te sigo contando.

2 comentarios:

  1. Agudo, como una pincelada antropológica.

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  2. Siga, siga contando, que de este lado estamos pendientes del resto del relato!

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