Parecía un día como otro cualquiera pero al atardecer, cuando un gorrión se estrelló contra el cristal de mi ventana, supe que la tragedia me rondaba… Luego sonó el timbre del teléfono. Sonó distinto, como más grave. Traía el anuncio de la muerte.
Yo estaba aquí en Miami. Apenas estrenaba mis primeros insomnios sin estrellas… Nunca más volvería a verlo. Ni tan siquiera tenía conmigo una foto suya, por las prisas y los silencios de mi partida clandestina. El dolor lacerante de un velorio por dentro, ese castigo indecible que es llorar desde lejos, me apagó las palabras. Luego el sol dejó de amanecer y el mar se marchó en silencio. Entonces yo también me fui… Detrás quedó mi cuerpo vacío…
Pero la vida sigue y se impone y no hay otra opción que vivirla. La mente se las ingenia ante lo inevitable y distrae lo absurdo para hacerlo todo más llevadero. Me aferré a su última imagen. Una madrugada descubrí con horror que a pesar de mis esfuerzos se me estaba desdibujando. Entonces decidí pintarlo con palabras…
La sonrisa de aurora y girasoles
y de palomas de esperanza
en la mirada todo el horizonte
semillas de miel en las palabras
Sobre la blanca espuma de las canas
vuelan gaviotas y salta el pez espada
en la arruga más profunda en la frente
giran mil mundos vividos y una lámpara
Eres el árbol que siempre florece
el sinsonte de todas mis mañanas
la última luz violeta de la tarde
la tibia ausencia que siempre me acompaña…
El anón dulce donde duerme la abeja
el sitio exacto donde habita la magia
ese instante feliz que se agiganta
en el salitre de las horas amargas
Y en las noches, la estrella que más brille
hasta el fin de los tiempos
brisa y ráfaga…
Cuando terminé, doblé cuidadosamente la hoja y la coloqué sobre mi pecho. Parecía una mariposa, respirando con mi respiración. No recuerdo cuando me quedé dormida. Me despertó la luminosa fosforescencia de su ropa. Venía vestido de sueño.
De pronto estábamos surcando el universo. Traspasamos varios umbrales azules hasta que perdimos de vista toda la oscuridad. Entonces llegamos a un sitio fabuloso. Allí estaba, guardada con esmero, toda la risa con que amasó mi infancia. También el roce inolvidable de sus manos aliviando mis travesuras o enjugando las lágrimas de mis amores extraviados… Dentro de una campana de cristal estaba la irrepetible tibieza de sus abrazos… Esos abrazos mágicos con los que conjuraba la tristeza y hacía volar en círculo a los gorriones... Todo estaba allí… Nada se había perdido.
Justo antes del amanecer, hicimos el viaje de regreso. La despedida era inminente. Me dio un beso y antes de escurrirse por una compuerta secreta, me fabricó una esperanza, como tantas con las que siempre me protegió hasta de lo inevitable:
“Volveré cuando tú quieras…”
Me quedé acostada, muy quieta, con su inconfundible olor a guayabas maduras fermentándome la alegría… Había estado allí… No su cuerpo ni su alma sino aquella sustancia invisible, aquel chasquido breve e intenso que flotaba entre los dos cuando estábamos cerca… Ese tibio relámpago que nos llenaba el corazón de chispas cada vez que nos mirábamos...
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