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lunes, 22 de noviembre de 2010

UN SUICIDIO FELIZ


Todo estaba listo. El arma, la soledad y el desconcierto. El motivo ya no importaba. Lo más importante era el impacto. Por un instante, quizás un parpadeo, tendrían que pensar en mí. En lo absurdo de mi vida. En lo grotesco de mi muerte. En el alivio de saber que ya nunca más aparecería por ninguna esquina amasando ilusiones ni obligando a prudentes silencios.
En ese momento era imposible no recordar al viejo maestro y su fábula del sapo y la luciérnaga. ¡Qué buen maestro! Me llegué a creer su cuento. Hasta soñé. Lo cierto es que me dio ánimos para parecer feliz, una circunstancia mágica con la que logré aligerar el mundo. Pero el maestro había muerto hacía muchos años y su conjuro se me había gastado de tanto usarlo.
Ya no me quedaba nada. Solo el arma y la soledad. La terrible soledad de miles de rostros mirándome en silencio. Tomé el arma en mis manos. Estaba fría y rígida como un avance de mi futuro. Apunté. Dos gotas de sudor me corrieron por la espalda. La volví a colocar sobre la mesa. Antes de usarla, debía concluir algo.
Debía agradecerle a los que trataron de conocerme a pesar de que nunca los dejé. Debía agradecerle a los que siempre quisieron cambiarme dando fe de que por lo menos la envoltura servía para algo. Debía agradecerle a los que se sacrificaron por hacerme creer que me amaban aunque apenas si llegaron a encariñarse conmigo como lo hace cualquiera con una buena navaja. Debía agradecerle a los que me quisieron por fatalismo biológico y nada más. Lo hice, atropelladamente, tratando de superar mi tendencia a las palabras.
Luego volví a tomar el arma. La empuñe con fuerza y la descargué con todo mi egoísmo. La dejé correr a sus anchas, sin puntos ni comas, sin pausas ni para respirar. Me escapé de todas las pautas, las reglas, las normas, la moralidad, la vergüenza, la ley, la compasión y la censura. Poco a poco fui siendo yo. Al filo del amanecer terminé el primer capítulo. Para ese entonces ya me había suicidado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

UNA PALABRA EN INGLÉS QUE EMPIEZA CON F...


Si se traduce literalmente es “libro de cara”. Si vives de él, es un gran negocio. Si crees en su definición, es una red social. Si tienes problemas de ego, es una forma de recrear tu imagen a la medida de tus deseos y hasta parecer inteligente. Si lo utilizas para localizar y mantener amistades, eres un ermitaño sin remedio incapaz de ser un buen amigo de carne y hueso. Si lo usas para buscar nuevos amigos, estás desahuciado… Pero una cosa sí es cierta: esclaviza.

Me entusiasmó mucho al principio. La tecnología al servicio de la comunicación humana ¡qué maravilla! Solo me bastó verme inundada de vacas, tractores, cochinitos y zanahorias de Farmville a las pocas horas de ingresar en él para empezar a dudar de sus capacidades. Luego llegaron los corazoncitos, las predicciones de Ochún, los consejos de Obatalá, las frases de Jesús, las galleticas de la suerte, los misterios de tu nombre y otro montón de zarandajas para hacerme reflexionar: ¿Me quedo o me voy? Pero soy perseverante. Casi testaruda. “Esto va a mejorar”, me dije.

Entonces llegaron los refritos de frases célebres en varios idiomas (obviando tristemente a los autores de las citas ), los inmisericordes videos de canciones viejas, nuevas y hasta del futuro; las promociones de eventos, espectáculos, conciertos, novelas, producciones musicales, entrevistas, presentaciones de libros, operaciones del intestino, estrenos, despojos de brujeros y limpias memorables, lecturas de Tarot, galerías de pintura, arroces con pollo, etc., etc. Sentí que me faltaba el aire. Sí, porque yo me lo leo todo ¿O si no para qué estoy metida en él? Me recompuse. No me iba a dejar vencer tan fácilmente. Había un recurso: prohibir la entrada de los temas que no eran de mi interés. Los otros podía terminar de leerlos de madrugada a fin de cumplir con mi trabajo diario y evitar que el jefe me botara.

A partir de ese momento, el universo de los mensajes se concentró mayormente en confesiones íntimas y estremecedoras: “tengo hambre”, “padezco de angurria”, “amo a una mujer”, “me tiré un aerocolio en el gimnasio”, “se me partió una uña”, “me comí diez pizzas”, “sigo con estreñimiento”, “voy al B%##50**y3&&” (o sea, mensaje en clave no apto para los amigos sino solo para ‘los amigos’ que le responden: “bárbaro”, “caliéntalo bien”, “a la %^&$$#” y otro montón de cosas que tampoco están escritas para que tú las entiendas sino solo para ‘los amigos’ que…) ¿Para qué los publican, digo yo?

Tampoco faltan las confidencias con tinte enigmático: “anoche vino cuchurruqui a visitarme y…”, “hoy tengo el día bueno para…”, “me están dando ganas de…” o “prepara hierba que voy caballo…” Fascinante. Un reto para la imaginación, para la NASA y para los organismos de seguridad nacional.

A pesar de todo, no me retiro todavía. Entre toda la hojarasca se encuentran flores. Gente que tiene algo que contar y gente a la que le interesa tu opinión. Gente que verdaderamente está lejos y este espacio virtual las acerca. Gente que tiene sentido del humor y del amor. Gente sin pose capaz de reconocer virtudes y defectos. Gente sin miedo. ¡GENTE! Soy eminentemente gregaria y he decretado que necesito de esa gente casi humana que se parece a mí y que, al igual que yo, necesita del apoyo de otros humanos en medio de este desperdicio tecnológico del Facebook. Por eso, y solo por eso, me mantengo sometida a su esclavitud.